martes, noviembre 10, 2009
miércoles, noviembre 04, 2009
De nuevo en Lisboa (3)
Para el siguiente día hicimos un planteamiento casi previsible: alejarnos de la Lisboa más céntrica para visitar Belém. El barrio de Belém es uno de los lugares más agradables y emblemáticos de la ciudad. Está repleto de espacios verdes, jardines, museos... además de algunos de los monumentos más característicos de Lisboa y de toda Portugal. Guardaba un buen recuerdo de esta zona y me apetecía mucho regresar a ella.
Salimos temprano del hotel, sin haber desayunado, con la intención de hacerlo en alguna de las numerosísimas pastelerías que hay repartidas por la ciudad. Y es que la gran variedad de dulces y pasteles bien se merecen una atención especial por parte del viajero. Los portugueses son muy aficionados a los dulces y más allá de los tradicionales pastéis de nata, en los escaparates de dichas pastelerías pueden encontrarse gran variedad de madalenas, tartaletas hojaldradas de almendra, pasteles de crema, bizcochos de chocolate, pequeños dulces de limón... una maravilla, oigan. Así que a diferencia de mi primer viaje, en esta ocasión disfruté mucho más de la repostería portuguesa, aprovechando para detenerme a desayunar todos los días en alguna pastelería distinta, y haciendo frecuentes altos en el camino para sentarme a disfrutar de los dulces lisboetas.
Una vez arreglada la cita con el desayuno, cojimos un tranvía desde la Praça do Comércio para llegar hasta Belém. El trayecto me tocó hacerlo enteramente de pie, ya que el vagón iba lleno de gente, en una de esas curiosas mezclas de turistas, trabajadores y estudiantes que acostumbra a darse en las grandes urbes. Tras pasar por debajo del puente del 25 de Abril, dejar atrás la estación de Cais do Sodré (dónde puede cojerse el tren que conecta con Cascais) y vislumbrar fugazmente el Palacio del Presidente de la República, llegamos a nuestro destino y nos plantamos delante del hermosísimo conjunto manuelino del Monasterio de los Jerónimos.
Abarrotado de turistas, el templo ofrece una imagen curiosa de buena mañana, con un fuerte contraste entre la profunda historia que respiran sus paredes y la modernidad de las cámaras con las que los turistas japoneses e ingleses se apresuran a captar todos los detalles de las tumbas del navegante Vasco da Gama y del poeta Luis de Camoes. Los turistas parecen querer invadir cada rincón de la iglesia y nos resulta difícil movernos entre sus pasillos. Aún así, la visita nos merece bien la pena, ya que la amplitud y la luminosidad del interior sigue resultando igual de impresionante por muchas veces que se haya visto. Pasamos al claustro, con su patio central cubierto por un pedazo de cielo limpio y azul, sin nubes, en el que el sol luce magnífico y radiante.
Recorriendo el claustro nos detenemos en el monolito levantado en honor del poeta Fernando Pessoa, gran nombre de las letras portuguesas del que se depositaron las cenizas ante este lugar. Entre la belleza y el silencio de dicho lugar, resuenan las palabras de Álvaro de Campos grabadas sobre uno de los laterales del monolito: "No quiero nada. Ya dije que no quiero nada. No me vengan con conclusiones. La única conclusión es morir.". Muy cerca de aquí, en el centro mismo de la sala capitular del monasterio, descansan los restos de otro ilustre hombre de letras y escritor romántico portugués, Alexandre Herculano de Carvalho. Resulta curioso ver y sentir como conviven en este lugar la admiración por la arquitectura manuelina y el respeto por la tradición y las letras portuguesas, pues entre estos muros, como hemos visto, reposan algunos grandes nombres de la literatura de Portugal.
Abandonamos el monasterio y nos refugiamos en el restaurante "Os Jerónimos". Nos recibe un simpatiquísimo camarero que en un santiamén nos coloca en una mesa y nos hace un par de recomendaciones gastronómicas que aceptamos casi sin dudar. El arroz de peixe, como todos los platos de pescado en este lugar, resulta delicioso y mientras disfrutamos pausadamente de la comida, el camarero de antes no cesa de dar vueltas alrededor del comedor a un ritmo frenético, sin dejar de dar instrucciones a sus compañeros y lanzar proclamas en voz alta. Antes de abandonar el lugar, el camarero detiene su frenesí un instante y se acerca hasta nuestra mesa para decirnos, en un gracioso castellano: "amigos, muchas gracias y que tengan unas felices vacaciones". Un tipo del todo encantador que después de decirnos esto, sigue con su frenesí anterior a lo suyo.
El siguiente paso lo damos en busca de los célebres pastéis de nata de Belém. Estos pasteles pueden encontrarse en muchísimos establecimientos de Lisboa, pero los más famosos, originales y genuinos pueden encontrarse en la antiga confeitaria de Belém. Un detalle curioso es que estos pasteles son muy populares en China, ya que fueron introducidos en el país asiático cuándo Macao aún era colonia portuguesa. En chino, los pasteles de Belém han sido llamados "dan ta", que viene a significar algo así como pastel de huevo.
Con el consabido paquete de pasteles a cuestas, nos damos un paseo hasta las inmediaciones de la Torre de Belém. Hacemos un café en una terraza cercana, y desde la mesa, me entretengo observando con detenimiento a algunos "aparcacoches" que se pasan las horas pidiendo limosna a cambio de su "ayuda" para estacionar los coches. Me resulta curioso, porque tan sólo un año antes, durante mi anterior visita, no había ni rastro de estos "aparcacoches", y sin embargo ahora se les puede encontrar por buena parte de la ciudad, especialmente en los lugares más turísticos.
Con la tarde un poco más avanzada, procedemos a visitar la Torre de Belém. Al cruzar el puente que conduce hacia la entrada, vemos una medusa de considerables proporciones embarrancada a pocos metros de la orilla, junto a la torre. La edificación se alza majestuosa y nos tomamos la visita a través de sus salas con una calma inusitada. A medida que ascendemos por cada una de sus plantas, nos detenemos en cada rincón, observamos cada detalle, buscando una nueva perspectiva de cada espacio. Y con cada perspectiva y cada detalle, la torre cobra una nueva dimensión. No nos cuesta imaginarla com escenario de torturas y batallas, como prisión, como puesto de mando o como almacén. La torre sorprende y estremece al mismo tiempo y a medida que se asciende por su estrecha y empinada escalera, su dimensión crece y su altura la hace parecer mayor de lo que es realmente. Esta visita me sorprendió mucho más que la de la primera ocasión. Creo que pude apreciar mejor la belleza del monumento y a la vez, me dejé llevar mucho más por la historia que se encierra tras sus paredes, sus cúpulas y su baluarte.
Abandonamos la torre coincidiendo con la hora del cierre al público en general. Cansadísimos, emprendemos el viaje de vuelta. De nuevo, me toca pasarme de pie el trayecto a bordo del tranvía, y cuándo llego hasta Praça do Comercio, sólo me quedan fuerzas para avanzar con un trote cansino mientras subimos por la Baixa. Los escasos metros de la Calçada da Gloria (metros en los que, por cierto, se encontraba un Night Club de dudosa reputación que desde bien temprano ya estaba abierto,) rumbo al hotel se hacen interminables. Y cuándo por fin llego a la habitación me dejo caer en la cama y me quedo sumido en un profundo y largo sueño del que ya no me despertaría hasta el día siguiente.
martes, noviembre 03, 2009
Juntos
Sé que hay un camino
que quiero recorrer contigo;
sé que hay un camino
repleto de cruces y destinos
en el que al caer la noche
la luna se apaga
y un viejo colma de culpas
y reproches al viajero;
su paisaje es frío y sincero,
su alma es dura,
su senda, oscura,
y cien campos marchitos
de lucha y furias lo rodean,
pero sé también
que al recorrerlo contigo,
la oscuridad es más clara,
el reproche más ligero
y la lucha más sencilla,
y nos colmaremos de melancolía
cuándo un delirio de rabia
nos empuje a través del sendero;
todo esto, lo sé,
pero desde luego, sé,
que hay un camino de esfuerzo
que voy a recorrer contigo,
viejo amigo.
que quiero recorrer contigo;
sé que hay un camino
repleto de cruces y destinos
en el que al caer la noche
la luna se apaga
y un viejo colma de culpas
y reproches al viajero;
su paisaje es frío y sincero,
su alma es dura,
su senda, oscura,
y cien campos marchitos
de lucha y furias lo rodean,
pero sé también
que al recorrerlo contigo,
la oscuridad es más clara,
el reproche más ligero
y la lucha más sencilla,
y nos colmaremos de melancolía
cuándo un delirio de rabia
nos empuje a través del sendero;
todo esto, lo sé,
pero desde luego, sé,
que hay un camino de esfuerzo
que voy a recorrer contigo,
viejo amigo.
jueves, octubre 22, 2009
De nuevo en Lisboa (2)
Un taxi fue lo primero que pisé en mi regreso a Lisboa. Por supuesto, como la mayoría de taxis locales, éste se trataba de un viejo modelo Mercedes con un tipo reservado al volante. El trayecto hasta el hotel estuvo marcado por el tráfico intenso de las primeras horas de la mañana y lo primero que me llamó la atención en el panorama que ofrecía la ciudad fueron los numerosísimos carteles electorales que estaban colgados por todas partes. No en vano, dos días antes de mi llegada se habían celebrado elecciones municipales en todo el país y los rostros de los candidatos municipales todavía relucían en las calles de Lisboa que, por cierto, tras los resultados de los comicios seguirá con alcalde socialista.Mi hotel estaba en la Rua da Gloria, muy cerca del centro de la ciudad y apenas a algunos pasos de la Calçada da Gloria, empinadísima calle por la que discurre uno de los pocos elevadores que aún quedan activos en la ciudad, uniendo el centro neurálgico con el Bairro Alto. Se trataba de uno de esos hoteles residenciales que resultan ser más cómodos que aparentes, de precio barato, con habitaciones oscuras de gustos sencillos y sin demasiadas pretensiones. Pero era perfecto para el visitante que busca resposar las horas justas en un lugar privilegiado de Lisboa.
Después de tomar contacto con la habitación, soltar las maletas y casi sin perder un segundo, nos pusimos en marcha. Volví a pisar una soleada y deslumbrante Avenida da Liberdade con una sonrisa en la cara, y al momento ya estaba bajando por la Rua Augusta dispuesto a atravesar el arco que corona una de las calles más hermosas del lugar y que lleva hasta la Praça do Comercio. Una plaza que desgraciadamente y para mi sorpresa, actualmente se encuentra en plena remodelación y de la que solo se puede acceder a sus laterales. Con un lamento breve, tuve que quedarme mirando la estatua de José I emergiendo entre las obras sin poder acercarme a contemplarla de cerca. "Obra a obra, Lisboa melhora", rezaba la valla que rodeaba la plaza.
Dejando atrás la Baixa, emprendimos camino a Alfama, escojiendo atravesar la freguesía de Sé y deteniéndonos en la catedral de Santa Maria Maior, la iglesia más antigua de la ciudad, que con sus torres cuadradas y coronadas por campanas parecía darnos la bienvenida al lugar. El paseo por el interior de la catedral resulta poco luminoso, excepto al acercarse a las capillas situadas tras el altar, en las que de nuevo como un año antes, me detengo a contemplar el hermoso y detallista belén obra de Machado de Castro. La salida al claustro en la parte trasera del altar me devuelve a ese rincón silencioso. Contemplo la excavación que ha sacado a la luz restos romanos, visigodos y musulmanes, no en vano, la catedral se edificó sobre las paredes de la antigua mezquita que dominaba Lisboa hace casi mil años.
Abandonamos los muros de la catedral y seguimos subiendo mientras nos adentramos en Alfama, con sus empinadas cuestas, su suelo irregular y el trazado irregular de las calles. Algunos siglos atrás, este era el barrio de las clases pudientes lisboetas, pero tras el gran terremoto de 1755, la clase alta fue abandonando progresivamente el lugar, y éste fue ocupado por pescadores y obreros que lo convirtieron en la cuna del fado, la canción tradicional y popular portuguesa. El reflejo de la historia de Alfama sigue bien presente en sus calles, que permiten contemplar pintorescos edificios y fachadas históricas rodeadas por un ambiente pintoresco y bohemio. Probablemente, Alfama sea el lugar más especial de Lisboa.
Coronando Alfama llegamos al Castelo de Sao Jorge, desde el que las vistas sobre los tejados que bajan hasta el Tajo son espectaculares. Es casi mediodía y el lugar está repleto de turistas, entre ellos un buen puñado de catalanes. En este lugar vivió durante muchos años la familia real portuguesa, aunque el castillo también ha vivido épocas en los que sirvió de prisión, de almacén e incluso de teatro. Hoy es uno de los lugares más turísticos de Lisboa. Al atravesar sus muros, los acordes de una guitarra llegan hasta nuestros oídos. Un músico acaricia las cuerdas del instrumento en el patio mayor del castillo. Nos subimos a las almenas y desde las torres situadas sobre el muro oeste, veo la cúpula de Santa Engracia en la lejanía recubierta completamente por andamios.
Salimos del castillo buscando recorrer Alfama cuesta abajo en busca de un lugar para hacer la comida de mediodía, y tras un par de rodeos para pasar por las terrazas del mirados de Santa Luzía, llegamos hasta un pequeñísimo restaurante situado junto a los muros de la catedral en el que sirven el que creo que es el mejor bacalao que he comido en Lisboa, lo que no es decir poco. El espacio del restaurante es tan reducido que durante la comida sucede algo curioso: un grupo de turistas ingleses entra al restaurante y piden una mesa. El camarero, tras estrujarse las ideas para buscar una solución que permita dar cabida a los ingleses, me pregunta si nos importaría cambiar de mesa mientras estamos en plena comida, devorando el primer plato. Así que, aún con el tenedor en una mano y una copa de vino en la otra, hacemos un veloz cambio de mesa para continuar como si nada.
Después de comer volvemos al hotel para tomarnos un descanso que nos permita reemprender la actividad a partir de la media tarde. Y tras ese reposo nos marchamos al Chiado, otro rincón mágico de la ciudad, que a esa hora bulle de actividad. Me detengo, como no, a tomar algo en el Brasileira, mientras las luces empiezan a encenderse en las fachadas y las farolas. Pero esto sólo supone un breve respiro en el camino, que esta noche me conduce al Severa, local de fados del Bairro Alto dónde ya estuve un año antes pero del que salí con ganas de revivir una segunda parte.
Nada más atravesar las puertas del Severa me vi conducido entre la penumbra y la luz de las velas hasta un rincón del comedor. Una fadista ya se encuentra en plena actuación con una voz nostálgica cuándo me siento en la mesa y a partir de ese instante, somos testigos de un amplio repertorio de fados cantados por voces masculinas y femeninas. Lo mejor que uno puede hacer en este lugar es disfrutar de la letra triste o irónica del fado sin pensar en nada más, desconectando de todo. La noche transcurre y el ambiente nos embriaga. También tenemos ocasión de escuchar algunas "guitarradas", fados instrumentales que terminan de amenizarnos hasta que el espectáculo se da por concluido.
El Severa queda atrás, y el regreso al hotel lo disfruto con un Montecristo en los labios, mientras desciendo la Calçada da Gloria con paso firme pero cuidadoso. Cierro mi primer día de este retorno a Lisboa con un vistazo de una calle oscura, tranquila y hermosa, reconfortado por verme de nuevo en este fantástico lugar, y por poder hacerlo con la mejor de las compañías.
Imagen de http://www.lazapatilla.com
Imagen de http://blogs.shawfest.com
lunes, octubre 19, 2009
De nuevo en Lisboa (1)
La noche aún cubre un cielo dormido, algunas luces pasan pacientemente junto a la ventana y un par de faros iluminan la carretera que me lleva hasta el inicio de mi viaje. A ciertas horas, cuándo aún es muy temprano para pensar demasiado, resulta más fácil dejarse llevar por las intuiciones y por los pequeños detalles que relucen al otro lado del cristal. Es un momento dulce en el que detenerse.De repente, un fogonazo nos despierta y vislumbramos la hoja dorada de una espada que con su destello nos atraviesa la mirada en medio de lo oscuro. La nueva terminal del Prat es impresionante y su primer vistazo nos sorprende más de lo esperado. Desde el vasto filo de esa hoja estaba a punto de despegar el vuelo que surcando el cielo de la península, iba a llevarme de nuevo hasta Lisboa.
Muchas voces me habían consultado acerca del sentido que tenía regresar a la capital de Portugal, en lugar de marcharme a conocer otros parajes y paisajes. Supongo que no debía faltarles razón, pero cuándo a uno se le graban a fuego en la memoria y en el corazón las calles de Lisboa, sus paisajes, sabores y sonidos, hasta el punto de que permanecen presentes de forma casi constante en cada suspiro y cada atardecer a lo largo de un año entero, a uno no le queda más remedio que rendirse a lo que dicta el corazón. Cuándo uno se enamora de Lisboa, no queda más remedio que rendirse a ella y regresar a sentirla de cerca.
Así, mientras el avión despegaba y también el amanecer despegaba con nosotros, mi cabeza empezaba a remontarse a algunas de las imágenes que un año atrás me había dejado mi primera visita a esa ciudad hermosísima: Alfama, el Chiado, la Baixa Pombalina, Liberdade, Bélem y los Jerónimos, el Fado y su nostalgia... me moría de ganas de volver a caminar por Lisboa. Me invadía la sensación de que en lugar de estar viajando, estaba haciendo otra cosa bien distinta: estaba regresando.
Y es que el regreso implica algo más profundo que el simple viaje, porque en el regreso además de ir en busca de algo nuevo y desconocido, también nos dedicamos a buscar pedazos de nosotros mismos. Y fue precisamente así, buscando pedazos, como volví a pisar la casi milenaria ciudad de Lisboa.
Imagen de http://e-le.es/sonsoles/files/2009/03/lisboa.jpg
jueves, septiembre 24, 2009
Un segundo
Hay un segundo ínfimo,casi insignificante,
en el que pasé de mis veinticinco
a los casi veintisiete,
y aunque en esencia
sigo siendo el mismo,
de repente estoy
un poquito más lejos
de mis veloces y queridos recuerdos,
de las risas conjugadas
con un verbo femenino,
de un oasis secreto y cansino…
y al mismo tiempo,
ando un tanto más cerca
de un mañana impronunciable
que me arrastra con fuerza
y que de forma inevitable,
me traslada hasta un lugar
que no es de nadie,
más que de quién se decida
a conquistarlo con fuerza, ganas,
deseo, pasión, nostalgias
y algo de corazón.
Imagen de http://es.barcelona.com/
jueves, septiembre 17, 2009
Festa a Arenys de Munt
L'altre dia, a Arenys de Munt, s'hi va celebrar una festa. Perquè va ser precisament això i no una consulta, ni un referèndum, ni una declaració d'independència el que va tenir-hi lloc l'altre dia. Va ser una festa moguda i molt animada, a la que un grapat de gent vinguda d'arreu de Catalunya s'hi va voler apuntar. Alguns ho van fer per oportunisme, per deixar-se veure o per no quedar-se fora del moment mediàtic, però la gran majoria s'hi va apropar per convicció i per poder compartir una sensació d'eufòria colectiva. La festa també va comptar amb alguns convidats d'excepció, ni més ni menys que amb un grup de feixistes manifestants de la Falange, que van ser els encarregats de posar el toc exòtic (impagables les camises blaves) i que estic convençut de que també van contribuir en bona part a l'èxit de la festa de diumenge. Com també crec que hi van contribuir enormement els mitjans de comunicació, que es van encarregar de fer una campanya publicitària extraordinària durant les setmanes prèvies a la festa i que van aconseguir que allò que en principi era una simple enquesta per fer una pregunta als veïns i veïnes d'un poble del Maresme, a alguns els acabés semblant la quasi-entrada en vigor de l'independència de Catalunya.
Tot això ho dic des d'un profund respecte pels sentiments dels assistents a aquesta festassa, encara que aquesta no era la meva festa. Però tampoc em malinterpretin: a mi les banderes per sí mateixes, no m'entusiasmen gaire ni m'esperonen especialment.
Als organitzadors d'aquesta festa els tinc que reconèixer que, a partir d'una idea molt simple, han sigut capaços de crear una campanya publicitària tremenda per al seu poble. I també van aconseguir que, almenys durant uns dies, els mitjans no parlessin tant de la crisi econòmica i de la situació complicadíssima en que es troben molts ciutadans i moltes famílies d'aquest país. Això té el seu mèrit, sempre que tots i totes siguem conscients de que aquest gruix de ciutadans es mereixen que des de l'independentisme, des del comunisme, des del sobiranisme, des del federalisme, des del catalanisme, des del socialisme... o des del que vostès vulguin, tinguem molt clar i no oblidem que més enllà de festes i fanfàrries, el nostre veritable horitzó nacional ha de ser sortir de la crisi, generar cohesió, acabar amb les desigualtats i crear oportunitats per a tothom. Perquè tinc la impressió de que una altra cosa seria una falta de respecte pels que ho estan passant malament.
Imatge de http://www.age.cat
















































